Mónica Sánchez de la Nieta / Presidenta de ANPE Ciudad Real

Cada vez que entro en un aula o simplemente hablo con los docentes y las familias, me queda más claro algo que debería ser evidente: “no todos los alumnos aprenden igual”. Sin embargo, durante muchísimo tiempo el sistema educativo de nuestro país ha funcionado como si todos ellos fueran iguales.

Los profesores tenemos aulas con muchos alumnos, poco tiempo para adaptar nuestras clases y, en ocasiones, pocos apoyos para desarrollar una educación de calidad. Las familias, por su parte, sienten que sus hijos no siempre reciben la atención que realmente necesitan y se merecen para poder desarrollarse plenamente.

La legislación española, especialmente la Ley Orgánica 3/2020 (LOMLOE), reconoce esta diversidad de alumnado y establece en sus principios la equidad, que garantice la igualdad de oportunidades para el pleno desarrollo de la personalidad a través de la educación y la inclusión educativa. Sin embargo, para que todo esto sea real y poder avanzar hace falta garantizar y asignar recursos humanos y económicos, así como implementar medidas concretas.

¿Qué tipo de alumnado nos encontramos en nuestras aulas? Hoy en día, nos encontramos una gran diversidad de alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo (NEAE), es decir, alumnos que requieren una atención distinta a la ordinaria para alcanzar su máximo desarrollo. Entre ellos, se incluyen alumnos con discapacidad (intelectual, motora o sensorial), que necesitan eliminar barreras y contar con apoyos adaptados; alumnos con trastornos del neurodesarrollo, como el Trastorno del Espectro Autista TEA o el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad TDAH, que requieren una enseñanza más estructurada y clara; y alumnos con dificultades específicas de aprendizaje, como dislexia, discalculia o disgrafía, que pueden pasar desapercibidas pero afectan a su rendimiento. También encontramos alumnado con altas capacidades, que necesita estimulación adecuada para evitar la desmotivación, y alumnos en situación de desventaja social o educativa, cuyas dificultades no radican en su capacidad, sino en su contexto. Esta diversidad hace imprescindible una respuesta educativa adaptada e inclusiva.

Para atender adecuadamente a este alumnado, no basta con buenas intenciones; es necesario aplicar medidas eficaces y mantenidas en el tiempo. En el aula, esto pasa por ofrecer una atención individualizada, basada en evaluaciones que permitan ajustar la enseñanza a cada alumno, así como por contar con recursos humanos especializados que hagan posible una verdadera inclusión. A ello, se suma la importancia de la formación continua del profesorado, clave para responder a la diversidad con herramientas adecuadas. También resulta fundamental adaptar metodologías y propuestas didácticas, utilizando enfoques flexibles como el aprendizaje cooperativo o el Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA), que faciliten el acceso de todo el alumnado. Del mismo modo, garantizar la accesibilidad en los centros, mantener una buena coordinación con las familias y avanzar hacia ratios más reducidas son aspectos esenciales para lograr una atención más personalizada y de calidad.

En conclusión, este es uno de los mayores retos de la educación en España, llegar a entender que la diversidad en el aula no es un problema que hay que gestionar, sino una realidad que debemos asumir.