La Panificadora Calcadeña cuenta con una larguísima tradición familiar, que hace de sus productos algo único y con un sabor especial distinguiéndolo de los demás. Tal vez se deba a que su fórmula panadera ha ido pasando de padres a hijos, hasta llegar a su 5ª generación, sin perder su esencia. Si nos remontamos a sus inicios, nada menos que al año 1850, nos encontramos a su primer fundador el tatarabuelo Castillo (del que sus descendientes desconocen el nombre, sin que haya sido posible averiguarlo en los actuales archivos parroquiales), que por las necesidades de los duros tiempos en los que vivían, iniciaron su aventura como panaderos del pueblo de Calzada de Calatrava, estableciendo el pequeño negocio en su propia casa, y abasteciendo, en aquellos difíciles momentos a gran parte de la población Calzadeña; donde el pan, en muchos casos era el único sustento de muchas familias. Disponían para ello de un molino rudimentario para moler los granos de cereal, que era accionado por animales, y hornos de leña de jara, (propia de la zona), por lo que el pan elaborado era un producto no excesivamente refinado pero que ya se distinguía por las cualidades y esencias que aún conserva en la época actual.

El pan en esos primeros tiempos era vendido por la familia Castillo al peso, y el tipo de pan más vendido era el pan blanco o candeal, que con una fabricación muy artesanal, tanto de amasado (con los pies), fermentación y cocción, tenía una larga duración, permitiendo así que las familias tuviesen pan durante varios días. Su venta era directa en la propia casa, (horno de la familia), donde sin ningún tipo de publicidad, más que el boca a boca, era conocida por “la casa del panadero”.

Como segunda generación, nos encontramos con Zenón Castillo García y su esposa., quienes heredan el oficio y lo sitúan también en su propio hogar, aunque en una zona ya predeterminada y algo más preparada del resto de la vivienda, con el fin de desempeñar la función de panadería. Amplían los medios de producción construyendo un horno más robusto de leña, hecho de obra por la propia familia, pero con mayor capacidad, compran la harina en la fábrica del pueblo, (San Antonio), y utilizan malacates, maquinaria que ayudará al amasado de forma más rápida y eficaz. En aquellos tiempos no existían lugares específicos de venta, por lo que la clientela se desplazaba a la panadería y allí mismo se establecía la venta por kilos o en hogazas que ya eran marcados con las letras “PC” de la familia.

Allá por el año 1945 llega la tercera generación Castillo que hereda el oficio, al frente de la cual nos encontramos con Alfonso Castillo y Manuela Villalobos padres de Francisco Castillo Villalobos, que luego sería del fundador y dueño en la capital de Panificadora Calcadeña. Por aquella época se establece un pequeño obrador conocido con el nombre de Alfonso Castillo en la calle Coronel Molina, que ya cuenta con varios hornos de leña, amasadoras muy precarias y un establecimiento o despacho propio para la venta, convirtiéndose en unos de los referentes del pan para todo el pueblo.

La saga familiar de cinco hijos, incluyendo al anteriormente nombrado, se dedican a la producción y venta de productos de panadería.

La cuarta generación inicia su recorrido en la capital en 1984 de la mano de Francisco Castillo Villalobos, ya jubilado, habiendo delegado en sus hijas Pilar y Eva Castillo.

En sus inicios, nada fáciles la panadería se situó en la calle Felipe VI de Ciudad Real y, gracias a la tenacidad y buen trabajo de este Calzadeño, la panadería de aquella zona se quedó pequeña para atender a su clientela, por lo que sus instalaciones se trasladaron al Polígono Industrial del Cristo, en Miguelturra.
En la actualidad cuenta con unas instalaciones mecanizadas divididas por zonas (obrador, recepción, hornos, almacenes, túneles de congelado y nave para vehículos, así como las oficinas, que se encuentran en la misma Panificadora).

Al frente, como encargado y persona de confianza, se encuentran Ángel Jara Valero y Eva Castillo, la cual, aunque con vocación en la enseñanza, se dedica a gestionar la gerencia de esta pequeña, pero acogedora empresa familiar.

Además cuenta con una plantilla, en su mayor parte fija, de 14 personas que, formadas por el maestro panadero y con gran esfuerzo por parte de los mismos trabajadores, han conseguido elaborar un pan con el sabor que en su esencia consiguieron sus antepasados, donde como producto estrella, que identifica a la empresa, se encuentra el pan candeal, bien en formato de barra o en pan redondo.

En estos tiempos su fabricación y elaboración se ha modernizado con hornos de gas natural o electricidad, amasadoras modernas y líneas de panadería automáticas, cámaras de fermentación, almacén de harina por silos y túneles de pre-cocido, así como una flota de vehículos para su distribución. Todo ello facilita la fabricación y distribución del pan y le añade calidad, pero sin reducir el sabor tradicional que siempre esta empresa ha querido mantener.

Su aspiración futura es llegar cada vez más a un público más amplio y exigente, donde con la utilización de diferentes tipos de harina se consigan distintas variedades de pan, pero con su propio sello de sabor. Igualmente conservar y atender a sus clientes que se distribuyen por toda la provincia en establecimientos propios de alimentación, restauración, colegios, ocio, etc.… y llegar a otros nuevos, (y todo esto, a pesar de la competencia de las grandes empresas del pan, que compiten con precios imposibles) para poder mantener un negocio que en algunos casos realiza también obra social con vecinos de la capital o directamente, desde sus inicios, con residencias de ancianos y congregaciones como la de Sor Ángela de la Cruz.

De la misma forma y sin ánimo de lucro esta empresa abre su puertas varias veces al año a colegios de la provincia, permitiendo así que los más pequeños conozcan este “tierno y honorable oficio”, El de Panadero, valorando el producto y llegando a ser consumidores exigentes en un mercado en el que, para conseguir un producto de calidad y gran sabor como el de la “Calcadeña” no todo vale.

Texto y fotos: Panadería Calcadeña