Un camarero de la Corte de Alfonso XII, una huerta en La Poblachuela y cinco generaciones de ‘Calle’ dan para contar un libro, o dos, pero sirva este reportaje como prólogo de la bonita historia de una gran familia de hortelanos de La Poblachuela, cuyos orígenes curiosamente hay que buscarlos en la Villa y Corte de Madrid.

Maribel Calle Calle regenta en la actualidad el puesto de frutas y verduras ‘Mari y Caíto’ en el Mercado de Abastos de Ciudad Real, que comenzaron sus padres Ricardo Calle Gómez y María Calle Medina en 1967, apenas recién casados. Pero esta historia de trabajo en la huerta rayando el alba, recogida y limpieza de hortalizas y verduras para vender en el mercado, transporte en mula, en carromato, en moto, en furgoneta… se inició mucho tiempo atrás. Nos remontamos a finales del siglo XIX, reinado de Alfonso XII, un tal Julián Calle –tatarabuelo de Maribel- servía en la corte como camarero del rey pero que, tras alguna diferencia con el monarca en una noche de jarana, acabó desterrado en Ciudad Real con su mujer y sus tres hijos.

Izq.: Maribel en el mercadillo cuando tenía 12 años. Centro: Ricardo Calle Gómez hace unos años. Dcha.: María Calle en el mercado de arriba en los años 80.

El árbol generacional continúa con uno de sus hijos, Francisco Calle, que contrajo nupcias con Francisca Maldonado, hortelana de pro y vendedora en el entonces mercado de Ciudad Real, entre el Gobierno Civil y la plaza Mayor. En esa época no había plátanos ni piña, ni siquiera naranjas, se vendía lo que daba la huerta: cebollas, coliflor, patatas, zanahorias…, en invierno, y lechugas, melones, pepinos, pimientos, sandías, tomates…, en verano y algunas frutas de la tierra como uvas, membrillos o higos.

Los ‘bisa’ de Maribel tuvieron cinco hijos, dos de los cuales, Ramón y Julián Calle siguen la línea directa de esta larga estirpe de hortelanos. Ambos compaginaron, junto con sus esposas Ángela y María respectivamente, el trabajo en la huerta y la venta en el mercado viejo de Ciudad Real. Ellos fueron de los primeros afortunados en inaugurar el actual edificio del Mercado Municipal hace la friolera de 70 años, donado a la ciudad in aeternum por los marqueses de Treviño para este uso. Nos advierte Maribel que no solo sus abuelos eran hortelanos, también los hermanos de sus abuelos y otros familiares se han dedicado y se dedican a esta actividad. “Venían hortelanos de Las Casas, del Salobral, de la Atalaya, alguno había de Miguelturra, aparte de carniceros, pescaderos…”, nos cuenta Maribel apuntada por su padre. Los precios de entonces parecen de risa hoy en día: 2 reales por un kilo de zanahorias; a una peseta estaba el kilo de patatas o tres kilos de tomates y a 1,50 pesetas el kilo de lechugas, “no se podía subir mucho más, ya que los precios estaban tasados, tenían un tope”, dice Maribel.

La cuarta generación, los padres de Maribel, Ricardo y María, tenían el callo hecho desde chicos en la huerta y en el mercado, su padre recogía las hortalizas y verduras por la tarde, las limpiaba en la alberca y a las 6 de la mañana cargaba las mulas provistas de dos serones en el caso de su padre, o una tartana en la familia de su madre. Con sus nupcias, su padre continúa trabajando la huerta y ayuda en la venta mientras que su madre sigue en el mercado, haciendo el transporte en Vespa o en un Citroën ‘dos caballos’. Se quedan con el puesto del abuelo paterno de Maribel, Ramón Calle, ubicado entonces en la primera planta. Sus vidas transcurren en el mercado, recorriendo cuatro puestos diferentes –son una concesión administrativa- y viviendo una remodelación del edificio, hasta instalarse en el puesto actual, en 2001.

Izq.: Pese a que ya se utilizan sistemas modernos de cultivo los antiguos también prestan servicio en ocasiones. Dcha.: Los padres de Maribel en el puesto actual de venta en el mercado.

Ricardo y María diversificaron la venta llevando sus artículos al mercadillo de Ciudad Real durante 20 años o a la plaza de toros donde Maribel recuerda ir de niña. Ya en 1977 Ricardo y María introdujeron frutas no cultivadas en la huerta, “llenando el expositor de plátanos, naranjas, peras, manzanas, limones y poco más”, recuerda Maribel.

Con la jubilación de sus padres en 2011, tras décadas de trabajo al pie del cañón –su madre estuvo en el mercado desde los 16 hasta los 68 años- y su padre igualmente en la huerta, Maribel, ingeniera agrónomo, decide coger las riendas del negocio mientras sus hermanos, Ricardo y María Ángeles, se dedican a otras ocupaciones profesionales. Con ella, la quinta generación, acompañada por Klever Cruz Guaman, que lleva trabajando con la familia más de 18 años, han llegado a su puesto frutas exóticas, jengibres, cerezas…, la mayoría de origen español.

Y sus clientes, qué decir de ellos. Rememora Maribel con cariño a dos de ellas, las más dicharacheras, que ya le compraban a su abuela, además de muchos que venían con sus padres y siguen confiando en Maribel, y otros nuevos a causa del confinamiento por la COVID-19. En este sentido, esta hortelana de pro, como su madre, su abuela, su bisabuela y su tatarabuela defiende ahora más que nunca la función del mercado de abastos, ese lugar donde no ha faltado de nada, donde se ha prestado un excelente servicio mientras estábamos confinados y con productos que vienen de apenas unos kilómetros con la frescura y calidad que ello supone frente al resto, digan lo que digan. Por muchos años.

Texto: Oliva Carretero

Fotos: Cedidas por la familia Calle Calle