Sentada en su despacho entre la botica y la rebotica, Rosario Romero Aguilera se siente muy orgullosa. De sus paredes cuelgan títulos de sus familiares farmacéuticos. Cinco generaciones y tres siglos han visto el devenir, la lucha y el buen hacer de esta saga de boticarios reconocida en toda la provincia de Ciudad Real. La Farmacia Romero cumple 81 años, llevando a gala su fructífero pasado, su salud profesional intachable en el presente y su prometedor futuro con los jóvenes farmacéuticos Marta y Jesús Romero Herrera, sobrinos de Rosario, trabajadores también en el negocio familiar.
Desenredando la madeja genealógica, el bisabuelo de la actual titular, César Romero y Delgado fue el primer farmacéutico Romero y vocal en la fundación del Colegio de Farmacéuticos de Ciudad Real, hace 125 años. A él le siguió uno de sus hijos, Francisco Romero Sánchez-Herrera, tío abuelo de Rosario. El abuelo de ésta y hermano de Francisco, Manuel Romero Sánchez-Herrera, no ejerció en la farmacia, pero fue presidente del Colegio, intervino en la creación de la Cooperativa Farmacéutica de Ciudad Real y desarrolló su profesión en el Hospital Provincial. Es a partir de su padre, Manuel Romero Rodríguez, cuando existe en la entidad colegial constancia fehaciente de la fecha exacta de Farmacia Romero, en el año 1943, a partir de la que se data su trayectoria.
Resulta curioso recorrer un pedazo de la historia de España a través de los títulos universitarios de la familia Romero, desde César, otorgado por la reina regente María Cristina en 1885; pasando por su abuelo y tío abuelo en 1921, firmado por Alfonso XIII; su padre en 1943 dado por el caudillo Francisco Franco; el de su hermana María Dolores en 1978 y el suyo propio en 1997, del rey Juan Carlos I, al igual que el de Marta Romero Herrera en 2013, y, por último, el hermano de ésta, Jesús, título de 2015 rubricado por Felipe VI.

La farmacia de posguerra y la del siglo XXI.- Manuel Romero Rodríguez asume la titularidad de Farmacia Romero en 1943 en la entonces calle General Espartero (hoy Toledo, 14) frente al Museo Elisa Cendrero. “Era un local en alquiler, la legislación no obligaba a adquirirlo en propiedad; mi padre realizaba mucha formulación magistral, no había medicamentos tal y como hoy los conocemos, además de un inexistente sistema de salud universal”, rememora Rosario. En lo social, añade, “se vivía una posguerra, con penuria económica y carencias de los alimentos más básicos, por lo que mi padre facilitaba el acceso de la población a las medicinas, permitiendo el pago a plazos o cuando el paciente buenamente podía”.
En 1975, Manuel compra en propiedad -entonces sí obligaba la ley- un local en Toledo, 19, “en la zona sólo estaba en pie el Palacio Provincial, no había plaza ni apenas edificaciones, pero mi padre decide aventurarse en esa zona ‘de periferia’ de la ciudad”. De su padre le quedan muchos recuerdos, pero especialmente su gran espíritu de trabajo, la cercanía con la que trataba al paciente y el apoyo que siempre prestaba en todo lo que se le requería; tanto que muchos ciudadrealeños le recuerdan hoy en día con especial cariño. Ese ambiente familiar, refiere su hija, “continúa ahora en la Farmacia Romero, seguimos ayudando al paciente, explicándole cómo tomar un medicamento, las posibles interacciones con otras medicinas; en definitiva, seguimos escuchándole”.

En 1996 fallece Manuel cuando a su hija Rosario le queda año y medio de carrera, por lo que entre su madre y hermanos establecen una comunidad de bienes siendo provisionalmente María del Carmen Mayoralas Palomo la responsable del establecimiento. En 1997, Rosario Romero toma las riendas con apenas 26 años, con el peso de lo bien hecho por sus antecesores y la responsabilidad de dirigir una farmacia, “una cosa es la carrera universitaria y otra bien distinta es hacerte cargo de una oficina farmacéutica, con la parte de gestión, compras, legislación, toma de decisiones… fueron años intensos pero necesarios para lograr que esta empresa funcionase”.
Con los años, la formulación magistral fue desapareciendo en beneficio de la farmaindustria, y de la parafarmacia, con miles de referencias de una y otra parte, y con un sistema de salud que cubre a toda la población, “en mis 27 años de profesión, compartidos gratamente con mis hermanos Jesús, Eloísa, Francisco y Ana (dos de ellos tristemente desaparecidos), el avance científico y tecnológico y el progreso de la industria han sido exponencial, con la aparición de medicamentos, como paracetamoles u omeprazoles, hoy de uso cotidiano e inexistentes en la época de mi abuelo o bisabuelo”, explica Rosario.
Durante la pandemia por el Covid-19, Farmacia Romero estuvo abierta atendiendo a la ciudadanía en todo momento, “fue una auténtica locura, porque aparte del coronavirus había que seguir tratando otras patologías y los enfermos nos pedían ayuda; ahí demostramos más que nunca que la farmacia es un eslabón esencial del sistema sanitario”, defiende la farmacéutica ciudadrealeña.

Como colofón a esta familia ejemplar de farmacéuticos, cabe reseñar una lluvia de anécdotas en 81 años de fiel servicio: en una guardia les pidieron un biberón para caballos, y también algo para los espasmitos porque era para niños; en el horario de la farmacia, llegó un cliente que se bajó los pantalones para enseñarles una herida, otro se quitó los dientes encima del mostrador; una persona entró con una silla de ruedas eléctrica y casi arrasó con todos los expositores de la farmacia; una mujer llevó un microenema usado… la última, su hermano Paco, harto de ‘cantar’ que tenían lotería de Navidad de la protectora de la Bienvenida y de los auxiliares de farmacia, en cierta ocasión unió ambas: “Tengo lotería de la protectora de auxiliares de farmacia” ¿?
Enhorabuena, familia Romero y a por otros 80 años más.
Texto: Oliva Carretero Fotos: Ayer&hoy, cedidas por la farmacia