Francisco Javier Morales Hervás y Aurora Morales Ruedas / Doctor en Historia y Graduada en Historia del Arte

El 31 de enero de 1820, pocas semanas después del Pronunciamiento de Riego, que dio lugar al inicio del Trienio Liberal, el matrimonio formado por Ángel del Arenal y Concepción Ponte tuvo una niña, que sería bautizada con el mismo nombre que su madre. De este modo, de una forma casi premonitoria, la pequeña Concepción venía al mundo durante el primer intento de instaurar en nuestro país un sistema político liberal, ideología que define, en gran medida, el perfil sociopolítico de nuestra protagonista, cuyo padre era un militar que no dudó en defender las ideas liberales frente al absolutismo de Fernando VII, lo cual le llevaría a la cárcel en diversas ocasiones, hasta que en una de ellas contrajo una enfermedad que acabaría provocándole la muerte en 1829.

Al quedar huérfana, Concepción se fue a vivir junto con su madre y sus hermanas a la casa que su abuela paterna tenía en la localidad cántabra de Armaño, donde pudo disfrutar de una importante biblioteca en la que cimentó las bases de una sólida formación intelectual. A partir de ese momento también cobrarán mayor protagonismo las profundas creencias cristianas de su madre y de su abuela, que, unidas a los principios liberales paternos, acabarían conformando en Concepción un espíritu muy comprometido con la defensa de colectivos desfavorecidos, que entroncaba con el cristianismo primigenio. Su deseo de ampliar sus conocimientos chocaba con la oposición de su madre, partidaria de ofrecerle una formación orientada a prepararla como una buena ama de casa.

Con el fallecimiento de su madre y de su abuela entre 1840 y 1841, desaparece la negativa materna al acceso a unos estudios superiores y logra alcanzar una condición económica desahogada gracias a la herencia recibida de la abuela. No obstante, su anhelo de desarrollar estudios universitarios chocaba con la norma que prohibía que las mujeres pudieran cursar una formación universitaria, por lo que, para poder asistir a clases en la Universidad Central de Madrid, tuvo que vestirse como un hombre. Aunque fue descubierta, su empeño por adquirir una formación universitaria hizo que los responsables de la universidad acabasen por aceptar su asistencia como oyente a clases de Derecho, pero separada del resto de alumnos y sin la opción de acceder a una titulación oficial. Entre 1842 y 1845 asistió a las clases de la universidad, cumpliendo escrupulosamente la discreción exigida. En esta “etapa universitaria” conoció al que sería su gran amor, Fernando Gracía Carrasco, abogado y escritor con el que compartía su compromiso social y sus principios liberales y con quien se casaría en 1848. Fruto de este enlace nacerían tres hijos: Concepción, que moriría con tan solo dos años, Fernando y Ramón.

Izq.: Monumento a Concepción Arenal en Orense, obra del escultor Aniceto Marinas. Centro y dcha.: En la actualidad las obras más importantes de la escritora se están reeditando. En el centro, “La beneficiencia, la filantropía y la caridad”, que presentó en 1860 bajo la firma de su hijo Fernando; a la derecha, edición actual de “La mujer del porvenir”, ensayo en el que hace una profunda crítica a la desigualdad que padecían las mujeres

Con el apoyo de su esposo, Concepción empezó a escribir y sus primeras obras fueron la novela “Historia de un corazón” y el poemario “Fábulas en verso”. En 1855 empezó a colaborar junto con su marido en el periódico de ideología liberal “La Iberia”, pero esta colaboración se romperá de forma abrupta con el prematuro fallecimiento de su esposo en 1857. Tras enviudar abandona Madrid y se instala con sus dos hijos en Potes (Cantabria), donde colaborará en las iniciativas humanitarias que desarrollaban las Asociaciones de San Vicente de Paul. Esta actividad de compromiso social le ayudaría a la hora de escribir el ensayo “La beneficiencia, la filantropía y la caridad”, que presentó en 1860, aunque bajo la firma de su hijo Fernando, al certamen que anualmente convocaba la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Este trabajo, que ofrecía una visión muy innovadora sobre el papel del Estado y de la sociedad civil para combatir la marginalidad y la discriminación, propugnando el diseño de una auténtica política social, fue reconocido con el primer premio, a pesar de que se produjo cierta controversia al conocerse que, realmente, la autora era una mujer.

A partir de este momento Concepción centrará toda su energía en la lucha por la igualdad de las mujeres, los derechos de la clase trabajadora y la mejora del sistema penitenciario. En 1863 publicó la obra “Manual del visitador del pobre” donde expone la dura realidad de la población socialmente excluida y de las personas presas, abogando por otorgarles nuevas oportunidades y darles un trato más humano. Las ideas expresadas en este libro tuvieron una amplia difusión e hicieron que en 1864 fuese nombrada visitadora general de prisiones de mujeres, labor a la que se dedicó con total entrega durante algo más de un año, período en el que intentó mejorar las condiciones de las presas, promoviendo un sistema en el que primara la defensa de la dignidad humana, la reinserción y la rehabilitación.

En 1868 publicó “La mujer del porvenir”, ensayo en el que realiza una detallada exposición de argumentos para elaborar una profunda crítica a la desigualdad que padecían las mujeres, destacando sus indudables cualidades morales e intelectuales, que alcanzarían su pleno desarrollo si las mujeres pudieran acceder a la educación y al trabajo en las mismas condiciones que los hombres. En 1871 empezó a colaborar con la revista “La voz de la caridad” desde la que siguió expresando sus críticas contra las injusticias y las desigualdades. Promovió la construcción de viviendas asequibles para obreros, impulsó la creación de tertulias para sensibilizar sobre problemas sociales, manteniendo su compromiso social hasta su fallecimiento, que tuvo lugar en Vigo el 4 de febrero de 1893, aunque su legado sigue vivo.