
Fidel Torres / Periodista
Bueno, Lorencito, ya tienes aquí, de nuevo, el carnaval, esa fiesta que tanto te gusta y tanto esperas, no sé si para disfrazarte de Juan Belmonte (todavía recuerdo que era tu máxima ilusión allá por el lejano 2023 por estas fechas) o simplemente para echarte a la calle a lo que salga. Tú me dirás.
– Noto, admirado maestro de la sorna y la guasa, que sigue con su idea más que negativa de estas fiestas, tanto si nos limitamos al jolgorio callejero como si subimos a estados más elevados, ya sean carrozas, desfiles o bailes de máscaras. ¿Tanto le molesta que las personas sencillas nos lo pasemos bien?
– No me molesta, pequeño saltamontes de invierno, simplemente me gusta tomarte un poco el pelo, aunque… fiestero eres y en fiestero nos convertirás a todos los que estemos a tu vera, siempre a la verita tuya.
– Veo que sigue con la burla, el sarcasmo y la mordacidad. Pues ha de saber, maestro del retintín, que a lo largo de la historia el carnaval ha servido de fuente de inspiración a numerosas obras de arte. O sea, que no es sólo brincos, cervezas y máscaras, ya que el Teatro, la Pintura o la Música se han servido del Carnaval como fuente de inspiración para producir importantes obras maestras.
– No te lo niego. Sé que aunque no hay muchas referencias anteriores al siglo XVI, siempre hubo una estrecha relación entre teatro y carnaval, referencias que se tornan abundantes a partir de dicho siglo, pues la teatralización del carnaval se hizo muy común entre la aristocracia, como lo demuestra el hecho de la “mascarada” que en 1599, con motivo de la boda del rey Felipe III, y durante las Carnestolendas, se celebró en Valencia, obra teatral que representó el combate de “Carnaval y Cuaresma” y en la que intervino como actor Lope de Vega montado en una mula, vestido de botarga, y rodeado de todo tipo de carnes. La mascarada, pues, es una forma parateatral que, durante varios siglos, fundió ambos conceptos, arte y diversión.
Ya en el siglo XVII tenemos numerosas noticias que dan cuenta de representaciones teatrales para celebrar las fiestas de Carnaval, sin que por ello se supriman las mascaradas y otros regocijos parateatrales. En cuanto a obras teatrales conocidas nos podemos remontar a Juan del Encina que escribe dos Églogas de Antruejo para ser representadas en los salones del palacio del Duque de Alba durante el Carnaval de 1494. En fin, Lorencito, como ves no desprecio el Carnaval pues no sólo forma parte de la cultura popular, sino también de la más elitista.
– Pues no le digo nada de la estrecha relación que se ha dado a lo largo de la historia entre esta fiesta y la pintura. Y para no irme muy lejos (que yo también tengo mis conocimientos culturales) ahí tenemos a Goya, uno de los grandes pintores que profundizó sobre la temática. Como ejemplo puedo poner “El entierro de la Sardina”, un cuadro donde la gente (curas, monjas, soldados, campesinos, ladrones) baila enmascarada como si fuera el fin del mundo.
Además, cercano a Goya, tenemos a Gutiérrez Solana, de extravagante producción, con sus pinturas de máscaras y su mirada descarnada al paisanaje rural y suburbial. Como seguidor de la corriente estética adscrita a la idea de la «España Negra», introduce habitualmente las escenas en ambientes sórdidos y miserables, incluso cuando recrea acontecimientos burlescos, como en este caso cuando representa una fiesta tan popular y alegre como es el carnaval.
– Y de Joan Miró, ¿qué me dices?
– No sé nada que tenga relación con este asunto.
-Pues lo tiene. Él también pintó su carnaval surrealista y lo tituló “El Carnaval de Arlequín”, una de las pinturas principales de su época surrealista. En ella se mezcla sueño, delirio y recuerdos de la infancia. “Intenté plasmar las alucinaciones que me producía el hambre que pasaba”, aseguraba el pintor en el año 1938.
-Muy bien, mi bien amado y respetado maestro. Ahora sólo nos queda hablar de la música y propongo el Carnaval de los animales de Camille Saint Saëns. Una obra llena de parodias musicales en las que disfraza de animales a instrumentos y músicos dando muestras de un gran sentido del humor. Se ríe, ironiza lo hace hasta de él mismo llamándose musicalmente vejestorio.
– Perfecto Lorencito. Pues para terminar con este toma y daca, que parece un concurso de televisión, propongo “Carnaval, escenas bonitas sobre cuatro notas”, de Robert Schumann, en la que el maestro alemán nos convoca a un baile de máscaras con invitados tan ilustres como Chopin o Paganini. ¿Alguien da más?
– Creo que no. Aunque breve (y por tanto dos veces bueno) el repaso no ha estado mal. Con ello hemos demostrado que el carnaval y el arte son perfectamente compatibles y que si se prohíbe el primero (como a veces se ha intentado) se termina prohibiendo el segundo.
– ¿Y el carnaval de los toros? Tú, como aficionado, algo sabrás de ello.
– Pues sobre eso, poco o nada puedo decir. A no ser que hablásemos de alguna ocasión en la que se convirtió La Fiesta en un Carnaval, tiempo hace ya. Cosas de ranas y de bomberos toreros.