
Ana María León Martín / Educadora Social. Cofundadora de Asesoría Emocional Sentir
Llegan las vacaciones y, para muchas familias, también llega un momento de pausa. El ritmo de los exámenes, las tareas, los horarios y las responsabilidades escolares disminuye, permitiendo que aparezcan pensamientos y emociones que durante el curso suelen quedar en segundo plano. Entre ellos, hay uno especialmente frecuente, el miedo.
A menudo pensamos que nos preocupan las notas de nuestros hijos, su falta de interés por algunas asignaturas o determinados resultados académicos. Sin embargo, cuando observamos con más profundidad, descubrimos que detrás de esas preocupaciones suele esconderse algo mucho mayor. Aparecen preguntas que rara vez expresamos en voz alta: “¿Y si no encuentra su camino?”, “¿Y si no tiene oportunidades?”, “¿Y si no consigue un trabajo estable?”, “¿Y si fracasa?”.
La crianza tiene algo de espejo, mientras acompañamos el crecimiento de nuestros hijos, también nos reencontramos con nuestra propia historia. Con el niño o la adolescente que fuimos. Con las inseguridades, los errores, las frustraciones y las experiencias que todavía nos acompañan de alguna manera. Por eso, cuando vemos que nuestros hijos se equivocan, se esfuerzan menos de lo que esperamos o parecen poco preocupados por cuestiones que para nosotros son importantes, pueden activarse temores que tienen más relación con nuestras vivencias que con las suyas.
Quizá el verdadero reto no sea conseguir que nuestros hijos no fracasen nunca. Porque equivocarse, cometer errores o atravesar dificultades forma parte de cualquier proceso de crecimiento. Ninguna vida se construye únicamente a través de éxitos. De hecho, muchas de las habilidades que más ayudan en la vida como la perseverancia, la tolerancia a la frustración o la capacidad de adaptarse nacen precisamente de afrontar obstáculos. El reto consiste en reconocer nuestros propios miedos cuando aparecen. Escucharlos, comprender de dónde vienen y evitar que terminen convirtiéndose en una carga para nuestros hijos.
Los niños necesitan límites, responsabilidad y acompañamiento. Pero también necesitan jugar, disfrutar, relacionarse y descubrir quiénes son a su propio ritmo. Necesitan sentir que su valor no depende exclusivamente de sus resultados académicos. Porque la seguridad que más les ayuda a crecer no nace de hacerlo todo bien, sino de saber que seguirán siendo queridos, comprendidos y acompañados incluso cuando las cosas no salgan como esperaban.
Quizá una de las enseñanzas más importantes que podemos ofrecerles no sea mostrarles cómo evitar todos los errores, sino enseñarles que el valor de una persona no depende de sus notas, de su rendimiento o de sus logros. Que una persona no se construye desde la perfección, sino desde la capacidad de aprender, adaptarse y seguir adelante.
Y para transmitirles esa confianza, primero necesitamos encontrarla también dentro de nosotros mismos.